Al hombre le asaltaban serias dudas. Ahora veía con claridad cosas que su mente se negaba a aceptar. Era poseedor de una gran formación: reconocido entre los hombres; apreciado por sus iguales; prominente en la sociedad. Pero ahora le asaltaban grandes sospechas: ¿Era su posición una falacia sustentada por los sutiles errores que su religión fue acumulando a lo largo de un gran lapso de avatares y circunstancias que determinaron su inefable vigencia? ¿Eran esas doctrinas producidas por la mente humana para acomodar entre la gente común aspectos tendientes a lograr su predominio? ¿Cuánto se habían apartado de la clara verdad escrita en los Libros mayores y que deberían determinar la conducta individual y colectiva de su pueblo? ¿Había aún un resto de fidelidad en los propósitos que el Gran Yo Soy había pergeñado al encargar a su gente, mucho tiempo antes, la guía espiritual, moral y religiosa de las naciones?
Ahora veía con más claridad. Había escuchado al Maestro desperdigar como pétalos las partículas de la sabiduría antigua, y obrar señales, prodigios maravillosos que testificaban Su procedencia. Su enseñanza clara y sencilla armonizaba con el ordenamiento natural del cosmos como conviven en bello complemento el mar, el cielo y las montañas. Era evidente pero se negaba a aceptarlo. Gran parte de él estaba colmado de las enseñanzas rabínicas: tradiciones humanas que habían formado y constituían todo su ser y que sutilmente le alejaban de la Verdad que percibía su espíritu.
Debía saber. Confrontar la verdad era lo adecuado. No había más opciones. Aquel oscuro personaje reinaba en su cerebro y perturbaba la paz espiritual de su alma con preceptos tan sencillos y evidentes como el rielar del agua clara dentro de un vaso de cristal.
Se armó de valor. Al cerrar la noche le protegerían las sombras de las miradas furtivas. Sabía dónde hallarle, y al encontrarse en su presencia, no pudo evitar sentir nuevamente las contradictorias emociones de ser abrumado por Su poderosa personalidad y. al mismo tiempo. ser invadido de una aquietadora paz.
Comenzó a preguntar y las respuestas volvían como saetas que conmovían los pliegues de su mente y se internaban hasta difundirse en las hendiduras de su corazón.
-“De cierto, de cierto te digo que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”
Nicodemo le dijo: “¿Cómo puede un hombre nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer?”
Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.
“Nacer del agua y del Espíritu”, “nacer por segunda vez”. Una realidad imposible pero que debía ser necesariamente hecha.
Nicodemo sintió un velo caer de sus ojos y la neblina de su mente dispersarse dentro de su cerebro. Con el Maestro era posible hacer todo eso y aun más,
Se armó de coraje y humildad para seguirle, cualquier otro camino era inapropiado, incorrecto, falso.

















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